sábado, 14 de marzo de 2015

POLÍTICA: cultura oficial o institucional, cultura de masas y culturas populares

Hace un par de días encontré el interesante artículo Nuestra imagen de la política popular: un caso de ceguera ilustrada de Antonio ALVAREZ; que comienza complejizando la entrega de despensas para la consecución de votos en México y con la pregunta:¿Cuáles son las características de esta insistente ceguera ante las realidades de la política popular?


Cuestión que me llevó a preguntarme varias cosas que quiero compartir por si nos/me sirven de algo en el trabajo comunitario:

¿Existe una confusión entre cultura oficial o institucional, cultura de masas y culturas populares? ¿Si existiera, es una confusión interesada?

Por qué la gente de izquierda tenemos ese afán colonizador de la vida cotidiana, que expresamos remachando en forma de mantra o de bola del rosario (católico o fatimí), una y otra vez: TODO ES POLÍTICA, todo es política, todo y todo...

Dónde quedan las culturas, culturas con minúsculas, esas que surgen de nuestras manos, de nuestros pies, de nuestras cabezas y corazones, ¿dónde quedan las culturas con minúsculas?, esas que inventamos a partir de materiales viejos, o que de repente aparecen (como si fuera de la nada).

¿Nuestra vida cotidiana es sólo POLÍTICA, exclusivamente política, eternamente política? ¿Es nuestra vida una determinación absoluta del Mercado y el Estado? ¿Tenemos vida más allá de la conduit del Poder, que nos conduce y por el cual nos dejamos conducir?

Puffff!!!!, empecemos por intentar diferenciar cultura oficial, cultura de masas y culturas populares y luego ya vamos viendo....


EN LA VIDA COTIDIANA SE ENTRELAZAN LA CULTURA DE MASAS, LA CULTURA OFICIAL Y LAS CULTURAS POPULARES.
Son las culturas populares las que tienen capacidad de transformar: la diversidad y la horizontalidad, unidas a la capacidad de adaptación, de resistencia y del disfrute de la vida cotidiana son potenciales generadores de procesos comunitarios de transformación. Las culturas populares recuperan y revitalizan saberes colectivos que junto a los intercambios, trueques espontáneos, cultivos sociales, apoyos mutuos, vínculos afectivos, desaprendizajes y apertura a nuevos aprendizajes... constituyen una fuente inagotable de conocimiento.

Para ir aclarando términos deberíamos diferenciar entre cultura oficial, cultura de masas y culturas populares. Como plantea Mª Dolores JULIANO (1992:7), ”cultura oficial (...): caracterizada por su capacidad para realizar elaboraciones de gran alcance (por ejemplo, sistemas científicos o filosóficos) y su condición normativa. Recibe y estructura aportes individuales (sabios, artistas). Establece los patrones estéticos, legales, religiosos y económicos que dirigen la actividad de los demás sectores. Tiene poder de decisión y goza de prestigio.

Cultura de masa: esta basada en la producción y el consumo estandarizados. Responde a pautas fijadas internacionalmente y se apoya en relaciones impersonales. (...) la cultura de masa carece de existencia autónoma así como de los niveles mínimos de organización interior”, se caracteriza por la producción de 'paquetes culturales'.

Las culturas populares están basadas en las relaciones interpersonales, colectivas, y con el medio. Se generan en espacios y tiempos concretos generalmente a escala local y vecinal. Sus cosmovisiones reflejan, al mismo tiempo, el rechazo y la aceptación de las culturas oficial y de masas. Este equilibrio inestable puede provocar su desaparición o absorción por parte de estas últimas. Además, no hay que olvidar que las culturas populares entrelazan las corrientes estructurales de etnia, clase social y culturas del trabajo, género y edad; y este entrelazar las enriquece y diversifica.

Mientras la cultura de masas se “apropia” de elementos de las culturas populares hasta aculturizarlas y alienarlas, etiquetándolas de “popular” y convirtiéndolas en “producto-tipo” a consumir... las culturas populares trabajan desde, con y para las culturas populares, a veces, tomando también medios/formatos “de” la cultura de masas como herramientas de dinamización y transformación, rompiendo así el monopolio de los medios en manos de los poderes estatales y del mercado y dando un uso diferente a esos medios.

No podemos hablar de las culturas populares en singular, porque no hay una cultura popular, sino muchas y diversas culturas populares. Como bien dice Jesús MARTÍN-BARBERO (2007:86), “lo popular no es homogéneo, y es necesario estudiarlo en el ambiguo y conflictivo proceso en que se produce y emerge hoy”. 

CUANDO SE ENTIENDE LO POLÍTICO COMO LA VIDA ENTERA (todo, todo y todo...)

En un interesantísimo artículo sobre la política en México Antonio ALVAREZ, nos plantea varias reflexiones que nos ayudan a comprender las relaciones entre lo político y lo popular...

"En el 2004, un grupo de activistas estudiantiles nos fuimos a vivir a Lomas Altas de Padierna, una colonia popular del Ajusco medio. Ahí organizábamos algunas actividades para los vecinos —cursos de regularización para niños de primaria, proyecciones de películas en la calle, talleres de danza y panadería— con el fin de empezar a conocerlos y ganarnos su simpatía antes de, según nosotros, 'darles conciencia revolucionaria' y construir en la zona 'una base de la lucha del pueblo'.

No imaginábamos que dichos vecinos ya estuvieran organizados, y mucho menos que lo estaban en todas las colonias populares de la ciudad de México. No llegamos del modo esperado, como un relámpago en un cielo claro, sino más bien a volvernos competidores sin experiencia de decenas de agrupaciones vecinales que peleaban por la influencia regional desde antes de que nosotros naciéramos (...).

Para cuando llegamos a la zona, nuestros vecinos llevaban alrededor de treinta años tratando con los líderes locales de comerciantes, de solicitantes de vivienda, etc., en una lucha cotidiana por obtener acceso a los servicios públicos básicos y a los programas sociales del gobierno. La mayoría de la gente de cierta edad, sobre todo amas de casa, ya sabía en cuáles de estos 'líderes' se podía confiar y en cuáles no; con qué legisladores y funcionarios públicos mantenía vínculos cada uno, y quién podía estar detrás de sus iniciativas en cada caso. Nuestros vecinos sabían perfectamente lo que hacían cuando se acercaban a tal o cual 'líder' con el fin de conseguir algún servicio (...).


Naturalmente, todo esto fue una gran sorpresa para nosotros, a pesar de que ya sabíamos, como más o menos todo el mundo, de la compra de votos, el 'acarreo' de manifestantes, la invasión y construcción improvisada de colonias, o mejor dicho de ciudades enteras —con sus sistemas de drenaje y alumbrado público, sus escuelas—. Hoy lo que me extraña es más bien que todo eso nos haya sorprendido. Honestamente, ¿qué esperábamos: que la gente que lleva décadas en el asunto no supiera nada de política, que no estuviera ya de alguna forma organizada? (...) 

Como es posible advertir, de esas suposiciones pueden desprenderse contradicciones importantes:

1. El fenómeno es masivo, pero marginal.
2. Las personas que realizan estas prácticas establecen relaciones de mutua conveniencia con políticos poderosos, pero nadie las escucha en el gobierno—son los olvidados de la política.
3. Estas prácticas son llevadas a cabo por la mayoría de la población, pero a espaldas de la opinión pública.
4. Por último, y lo más importante de todo: estas prácticas son la forma en que se relaciona la clase política con sus principales soportes en la sociedad civil, pero a la vez es una realidad marginal, secundaria, ajena  a la esfera pública, que es donde se toman las decisiones importantes (...).

Buena parte de las personas que nos gobiernan fueron alguna vez líderes de vecinos, de comerciantes, de grandes sindicatos, que escalaron desde abajo hasta llegar a los puestos más importantes de la administración pública; tienen poca escolaridad y se les escapan los “fuistes” y los “haiga”. El mexicano de clase media (ya no digamos alta), blanco y presuntamente instruido, no puede tolerar ser gobernado por gente así. Tener que tratar con deferencia a “esos pendejos”, volverse su empleado, deberles favores, es una agresión a su amor propio, a su endeble hidalguía.

No se trata solo, ni principalmente, de un rechazo liberal a la intermediación informal entre el Estado y el ciudadano, sino de cierta imagen reprimida —y bastante menos apropiada para los ideales de la modernidad— del “orden natural de las cosas”, de acuerdo con el cual el indio no debe ser patrón, y el señor no debe ser su cliente. Y es que, a pesar de lo que se suele pensar, los mexicanos somos tremendamente susceptibles al cuidado de las formas. Las chapitas de Eruviel Ávila o el acento tabasqueño de López Obrador dieron mucho más de qué hablar en su momento que cualquier acusación hecha en su contra —e incluso de algún modo estos rasgos fueron utilizados para reforzar dichas acusaciones—. Y, siendo honestos, si Elba Esther Gordillo fuera rubia es posible que sus crímenes políticos no fueran siquiera un tema de conversación. En resumen: que roben pasa (¿qué otra cosa podría esperarse, a fin de cuentas, de los políticos?), pero que esas sirvientas con ropa de la Lagunilla nos den órdenes, eso sí que no, eso sí es inaceptable.

Detrás de la pretensión de la clase media de vivir lejos de la política no se encuentra solo el rechazo a la corrupción, sino también la negación inconsciente del hecho de que ella también es gobernada por la misma gente que gobierna a los demás; la negación de que forma parte de la misma red de influencias informales: que debe favores, que requiere palancas, que las tiene, que las utiliza, como todos los demás.

Así, cuando un investigador bien parado en el CONACYT o en el SNI se lleva a trabajar con él a varios alumnos y colegas; cuando estos colegas se citan entre sí para ganar puntos y se organizan para conquistar y resguardar plazas académicas, eso —aunque se le critique— no se le relaciona de ningún modo con el “acarreo” de manifestantes o la entrega de despensas. Se les concibe como mundos tan separados entre sí que sencillamente no se puede asociar una cosa con la otra, aunque en ambos casos haya un líder informal que media entre una estructura gubernamental y un grupo de ciudadanos con el fin de gestionar una relación provechosa para ambas partes, en la que se “bajan” recursos y se “sube” apoyo político. ¿Por qué eso nos parece completamente diferente? Porque lo hacemos nosotros, la gente instruida, la gente que conoce sus derechos". Para seguir con el artículo de Antonio ALVAREZ http://horizontal.mx/nuestra-imagen-de-la-politica-popular-un-caso-de-ceguera-ilustrada/

Este análisis crítico, revelador y demoledor sobre las relaciones de clases, la construcción de la cultura oficial o institucional y la cultura de masas; olvida algo para mí fundamental, las culturas populares, y por eso no puede verbalizar que en las culturas populares:

ES DESDE LO CULTURAL, LOS SABERES Y FORMAS DE HACER COTIDIANOS DE LOS CULTIVOS SOCIALES Y NO DESDE LO POLÍTICO, ESTRUCTURAS, REDES Y DINÁMICAS SOCIALES DE PODER, DESDE DONDE SE ABREN LAS OPORTUNIDADES DE TRANSFORMAR LAS COSAS


 


Por eso, Antonio ALVAREZ  no ve, que siendo cierto su análisis, es parcial: invisibiliza las culturas populares bajo el manto de hierro del Mercado: la cultura de masas y al invisibilizar deforma la comunidad engendrando el monstruo del sueño de la POLÍTICA, política, política..., borrando las formas de relación entre la gente en sus propios tiempos y espacios cotidianos, aplastando los cultivos sociales bajo el peso de los horarios y territorios del Estado y el Mercado.







Los cultivos sociales son construcciones desde la gente, la diversidad y la autogestión colectiva en espacios y tiempos cotidianos; que se caracterizan por su potencialidad para abrir espacios de transformación social. Como plantea Ángel CALLE (2008:40) “Propongo, para buena parte de estas resistencias, una mirada que trascienda las dicotomías clásicas de público/privado, sociedades/vida, subsistencia/expresión/afecto, instituciones/interacciones, proceso/proyecto, sujetos/espacios, protesta/socialización, político/cultural.

Propongo un nombre: cultivos sociales. Los cultivos sociales serían redes que se orientan, explícita y fundamentalmente, a la generación de espacios y relaciones con los que satisfacer, lo más directamente posible, un conjunto de necesidades básicas. Los cultivos sociales son micro-sociedades, embriones de nuevas formas de vida”. Estas formas de vida entrelazan desde lo cultural, los ámbitos económico y político, construyendo cosmovisiones que desde la complejidad abren puertas a los problemas cotidianos.

Contrariamente lo político es un continuo cierre desde una oposición central; Carl SCHMITT nos plantea que una «oposición central» es la que no se deriva de, ni se puede reducir a otra oposición. Lo político se caracteriza por la oposición entre amigo y enemigo, tal como las antítesis entre bueno y malo, bello y feo y rentable y no rentable (o, alternativamente, entre útil y dañino) constituirían las oposiciones centrales de los sectores moral, estético y económico, respectivamente. El concepto de lo político y el dominio público de sus relaciones se caracteriza por el reagrupamiento amigo-enemigo, por cuanto SCHMITT (1984:6) considera que éste da origen a las oposiciones más intensas. «El momento de lo "político"», dice, «está determinado por la intensidad de la separación en virtud de la cual se verifican las asociaciones y disociaciones decisivas». No es la enemistad pura y simple, sino la posibilidad de distinguir entre el amigo y el enemigo, y el poder presuponer tanto al amigo como al enemigo.

Como vemos lo político es simplificador y apriorístico, no incluyendo las enseñanzas más interesantes de la complejidad y de la cotidianidad. A veces, desde los cultivos sociales, se cae en esos bucles regresivos, en un momento determinado del proceso el sistema se apropia de esa fuerza, la institucionaliza y donde había cultivos surgen las redes, la delegación, el empoderamiento y la dejación de poder. La capacidad de transformar se diluye.

El Estado y el Mercado compran y conducen desde el Poder, sustituyen lo colectivo por LÍDERES, tachan de vulgar lo popular, aparcan lo cultural a un orden inferior en un ataque certero al corazón y a la estima de los grupos… paralizando, minando, desintegrando las culturas populares, institucionalizando cualquier intento de transformación desde “abajo”. Como apunta Raúl ZIBECHI (2008:110) “la permanente búsqueda por instituir organizaciones, por estructurar los espacios sociales de los de abajo, no ha hecho más que limitar las aristas más subversivas de ese mundo, al pretender ‘normalizarlo’. Es en ese sentido que sostengo que hemos ido en la misma dirección que el capitalismo”.

Cualquier transformación en lo local debe partir, como ya hemos apuntado, desde los espacios y los tiempos de la cotidianidad; que son donde nacen los miedos, las certezas y las alegrías de ser diferentes al ideal construido por la cultura de masas; estos tiempos y espacios cotidianos dan la oportunidad de participar en una diversidad de situaciones que permiten el cambio individual, y que facilitan la transformación desde lo colectivo; se crea el deber ser no como ejercicio externo (impuesto/consentido), sino como compromiso autoconstruido y autogestionado, dejando el SER y viviendo en el ESTAR. Para ello es necesaria una reflexión crítica del Poder, una reflexión desde el hacer, el sentir y el pensar: ¿Qué es el desempoderamiento?, no es más que hacer una dejación de poder (hacia l@s de abajo y en armonía con el entorno social y natural) que propicie una construcción colectiva. Esta dejación de poder puede ser en cualquier esfera de la vida (en las relaciones familiares, de amistad, de trabajo, de solidaridad....), puede ser individual (yo como padre/madre/hij@..., yo como amig@, yo como jef@, o como docente, o como medic@, o como funcionari@, yo como activista...), puede ser colectiva (como la que propicio el EZLN en el año 2000 cuando se convirtió en un movimiento político, o sea haciendo dejación del poder del ejercito para propiciar que los pueblos de Chiapas construyan colectivamente su presente y su futuro: el Mundo Nuevo).

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